SWSX con Discovering Rides: Los mejores caminos del suroeste norteamericano

«El mundo es un libro y aquellos que no viajan sólo leen una página».
San Agustín

Viajar en moto es actividad que ofrece enormes recompensas a quienes tienen la fortuna de practicarla. El viento en la cara, la potencia del motor, listo en todo momento para propulsarnos hacia nuestro destino, los olores del camino y la adrenalina que experimentamos en cada curva, en cada rebase, hace que un viaje cotidiano se convierta en un recorrido extraordinario.

Esa sensación y la búsqueda de esos momentos especiales que solo pueden ocurrir a bordo de una motocicleta, pudieron ser experimentadas por el genial grupo de motociclistas con quienes tuvimos el privilegio de rodar durante nuestro recorrido de autor por los estados de Arizona, Utah, Nuevo México y Colorado, una de las zonas más bellas, no solo de Estados Unidos o del continente americano, sino del mundo entero.

Nuestro viaje, llamado SXSW con Discovering Rides, comenzó en la ciudad de Tucson, fundada por el irlandés Hugo O’Connor, quién bajo el mando de la Corona Española, oficialmente la llamó “Presidio Agustín del Tucson en 1775.” Rodeada por espectaculares montañas, sitios naturales de indescriptible belleza, como el “Saguaro National Park” y poseedor de una herencia cultural sumamente interesante que combina el legado español, mexicano, indígena y norteamericano, Tucson merece al menos un par de días para poder disfrutar al máximo de sus mejores exponentes.

Una noche antes de comenzar el viaje, recibimos a los viajeros (23 personas en total) quienes partieron de Hermosillo, Sonora, esa mañana. 

 

Por azares del destino, nuestro heroico grupo llegó ya de noche a Tucson y por ello, en lugar de la tradicional junta de pilotos que teníamos planeada, nos reunimos en el único lugar que aún estaba abierto y convivimos al calor de unas alitas y algunas cervezas

Esa noche transcurrió lentamente, como suele suceder cada vez que estamos a punto de iniciar un viaje de este tipo. Al amanecer, cargamos las motos, revisamos que todo estuviera en orden con el vehículo de apoyo y luego de un rápido desayuno en el hotel, salimos por fin de la ciudad de Tucson y nos dirigimos hacia el norte por la carretera 77, disfrutando del aire fresco de la mañana y de la inconfundible sensación de iniciar otra aventura. Aproximadamente una hora y media después de la salida, comenzaron las primeras sorpresas del viaje al toparnos con el espectacular cañón y las cascadas del Salt River, cuyas aguas se mantienen de color cobrizo la mayor parte del año. Ahí realizamos una breve sesión de fotos con el cañón de fondo y juzgando por la sonrisa de los presentes, el lugar realmente despertó los deseos del grupo para adentrarse de lleno en esta fascinante región del planeta.

Después de un merecido descanso y un delicioso lunch en un café local del pueblo de Show Low, al norte del Salt River, rodamos entre las praderas semidesérticas de Arizona, navegando a menudo entre fuertes ráfagas de viento que hacían saltar los corazones de más de uno debido a los fuertes movimientos que ocasionaban en los trazos de las motos.

A escasas dos horas de la parada para comer en Show Low, llegamos al primer lugar de gran nivel en nuestro recorrido: El Petrified National Forest, ubicado ya muy cerca del famoso pueblito de Holbrook, Arizona, cuya calle principal consiste en nada más y nada menos que la carretera madre de EUA, la mítica ruta 66. A la entrada del parque, compramos los pases para los parques nacionales del servicio de parques del gobierno federal, que, por un costo de $80 dólares, permiten al usuario ingresar a todos los parques nacionales del país. ¿Qué les podemos contar sobre la parada en el Petrified National Forest? Para algunos, este lugar representó poco más que una acumulación de piedras coloridas. Para otros, dichas piedras se convirtieron en una verdadera máquina del tiempo que nos permitió conocer de cerca los antiguos árboles que habitaban en esta zona durante la época Triásica de nuestro planeta, hace más de 225 millones de años. Formaciones caprichosas multicolor, pinturas rupestres de más de 2 mil años de antigüedad y un monumento a la ruta 66, que pasa directamente por el parque fueron algunas de las atracciones que también llamaron la atención de los presentes, quienes se dieron vuelo tomando fotos de todo lo que encontraban a su paso.
Después de la visita a los árboles petrificados, nos encaminamos hacia Holbrook para dejar las maletas en el pintoresco y acogedor Globetrotter Lodge y tomar algunas fotos del Wigwam Motel, inspiración de la película “Cars” y parada obligada para los amantes de la Ruta 66.
Al día siguiente, después de un merecido descanso, la primera sorpresa del día fue el delicioso desayuno preparado por la pareja de ciudadanos alemanes que administran el hotel. Una de las políticas de Discovering Rides es utilizar (en la medida de lo posible) los servicios de los negocios locales, pues ello no solo ayuda a la economía de los lugares por donde pasamos, sino que también contribuye a crear una experiencia única e irrepetible.
Después de platicar sobre las aventuras del día anterior acompañados de un buen café, nos alistamos para continuar con nuestro trayecto hacia el norte. El camino nos llevó por algunas reservaciones indígenas (Hopi, Navajo, Ute) y después de unas horas, arribamos a otro sitio de especial significado: El Four Corners Monument, el único sitio en los Estados Unidos donde se puede estar en cuatro estados al mismo tiempo: Utah, Arizona, Nuevo México y Colorado. Las distintas naciones de nativos americanos que viven en los 4 estados aledaños vienen todos los días a este sitio para vender sus artesanías, que van desde pequeños artículos como tazas, llaveros, arcos y aretes, hasta ornamentos y joyería de un altísimo valor artístico. Para darles un ejemplo, algunas de las piezas de los artesanos que frecuentan este sitio se llegan a vender en las galerías de arte de la región por varios miles de dólares.
Después de tomar las fotos obligadas en el sitio donde se unen los cuatro estados y de recorrer los puestos de artesanías, nos sentamos a probar algunos de los platillos tradicionales del lugar y luego, un poco acalorados, alistamos las motos y partimos hacia el poblado de Mexican Hat, en Utah. Mexican Hat consta de muy pocos habitantes, pero sus alrededores son espectacularmente bellos. La piedra balanceada que le da nombre al lugar vale mucho la pena, pero es tan solo un pequeño aperitivo de lo que ofrece la zona.
Al norte, se encuentra el Moki Dugway, el Valley of the Gods y el parque estatal de Goosenecks, todos sitios espectaculares, esculpidos por la acción del viento o del río San Juan. Al este, está Monument Valley, uno de los sitios más importantes para la nación Navajo y escenario de incontables películas de John Wayne, así como cintas más recientes como Forrest Gump, que curiosamente tiene su propio sitio marcado al lado del camino, lo cual es el deleite de los incontables turistas que pasan por la zona. Decidimos visitar Goosenecks y la sorpresa reflejadoa en el rostro del grupo al encontrarse con la belleza del lugar me llenó de alegría. Sonrisas, abrazos, selfies y motociclistas adultos corriendo como niños para conocer el lugar más de cerca hicieron que la rodada del día, de casi 300 millas, haya valido la pena.
Ya casi entrada la noche, rodamos al restaurante Swinging Steak, ubicado en el Mexican Hat Lodge. No hay nada como disfrutar de unos buenos cortes de carte, asados al aire libre en una parrilla voladora y tomar un par de cervezas mientas se conversa con los compañeros de viaje, que para este momento comienzan a convertirse en amigos. Son momentos que sacian mucho más que el hambre física. Sobra decir que al volver al hotel dormimos como bebés, rodeados de estrellas en medio del desierto.
A la mañana siguiente rodamos por el impresionante Monument Valley (fotos de distintos créditos, marcadas en amarillo) y le pedí al grupo me acompañara a desayunar en el Burger King de Kayenta, un poblado cercano. Al aproximarnos al pueblo, algunos caballos me acompañaron galopando al lado del camino, dándole un toque todavía más especial a la mañana. Pero volvamos al tema del desayuno. ¿Burger King?, se preguntarán algunos. La verdad es que este lugar es mucho más que simplemente un sitio de comida rápida. Los dueños, pertenecientes a la nación Navajo, son descendientes de uno de los héroes de la Segunda Guerra Mundial, quién perteneció a los “Code Talkers”, un grupo especial dentro del ejército estadounidense que, al utilizar la lengua Navajo, logró que las comunicaciones de EUA fueran prácticamente imposibles de decifrar. El Burger King de Kayenta, a diferencia de cualquier otro, funciona como restaurante y como museo, donde se exhibe la mayor cantidad de artefactos pertenecientes a los “Code Talkers” en el mundo. Después de las hamburguesas y de la lección de historia, nos encaminamos hacia Page, Arizona, donde, después de 100 millas de recorrido, conocimos otro lugar realmente fuera de serie: el increíble y fascinante Antelope Canyon. Este sitio, conocido por algunos como la octava maravilla natural del mundo, fue creado por la erosión de torrentes de agua y arena durante millones de años y hoy en día, es visitado por más de 4 millones de personas cada año. Su nombre en Navajo es Tsé bighánílíní, que significa “lugar donde el agua corre a través de las rocas”. Los colores, la luz, la arena y las formas de los muros de Antelope Canyon hacen que la experiencia de recorrerlo sea algo surreal, casi de ensueño. Al recorrer este sitio, el cliché de quedarse sin palabras para describirlo nos ocurre a varios. La única manera para realmente entender su belleza es visitándolo. Advertencia: si usted desea visitar, debe reservar sus lugares con semanas o incluso meses de anticipación, ya que la demanda de tours es realmente intensa.
Impresionados por el espectáculo natural que presenciamos en Antelope Canyon, pero sedientos, acalorados y hambrientos, decidimos separarnos para comer y acordamos reunirnos más tarde en el mirador de Horseshoe Bend, que se encuentra a unos pocos kilómetros de ahí. Después de la comida y de un merecido descanso, llegamos a la entrada de Horseshoe Bend y emprendimos la caminata desde el estacionamiento, que toma aproximadamente 20 minutos. Al llegar al mirador y por segunda vez en el día, la Madre Naturaleza nos asombró enormemente. El lugar, esculpido por el Río Colorado, tiene una altura aproximada de 300 metros y realmente es difícil hacerle justicia con palabras e incluso con imágenes. Las caras de los miembrso del grupo que van llegando delatan las mismas emociones una y otra vez; sorpresa, asombro, admiración, fascinación. Y no es para menos. Pocos son los lugares que se pueden comparar a este sitio. Horseshoe Bend es algo absolutamente fuera de serie, incluso comparado con los bellísimos lugares que ya hemos visitado durante el viaje.
Impresionados por el espectáculo natural que presenciamos en Antelope Canyon, pero sedientos, acalorados y hambrientos, decidimos separarnos para comer y acordamos reunirnos más tarde en el mirador de Horseshoe Bend, que se encuentra a unos pocos kilómetros de ahí. Después de la comida y de un merecido descanso, llegamos a la entrada de Horseshoe Bend y emprendimos la caminata desde el estacionamiento, que toma aproximadamente 20 minutos. Al llegar al mirador y por segunda vez en el día, la Madre Naturaleza nos asombró enormemente. El lugar, esculpido por el Río Colorado, tiene una altura aproximada de 300 metros y realmente es difícil hacerle justicia con palabras e incluso con imágenes. Las caras de los miembrso del grupo que van llegando delatan las mismas emociones una y otra vez; sorpresa, asombro, admiración, fascinación. Y no es para menos. Pocos son los lugares que se pueden comparar a este sitio. Horseshoe Bend es algo absolutamente fuera de serie, incluso comparado con los bellísimos lugares que ya hemos visitado durante el viaje.
El paseo por Zion ha cambiado un poco los ánimos del grupo. Hemos trascendido la emoción de la novedad del viaje por algo más profundo y hasta me atrevería a decir, meditativo. Los escenarios van dejando su huella en los sentidos y por fin, después de varios días de rodada, encontramos el momento del viaje que habíamos buscado desde que partimos de Tucson: Ese momento en el que las expectativas, las prisas y los pormenores del viaje y de la vida cotidiana se van desvaneciendo para dar pie al presente siempre presente, un estado donde lo único que existe es el viaje mismo y la conexión entre los motociclistas, el camino y los hermosos lugares por los que vamos pasando. El camino hacia nuestra última parada nos tiene algunas sorpresas preparadas. Un grupo de venados baja rápidamente hacia el camino y por poco nos embisten. Los caminos de este lado son realmente hermosos, pero en ningún momento debemos bajar la guardia. Finalmente, llegamos a la madre de las maravillas naturales, no solo de Arizona o de EUA, sino del planeta entero: El Gran Cañón del Colorado. Con 450 kilómetros de largo, 29 kilómetros de ancho y hasta 1857 metros de profundidad, la enormidad del lugar no es fácil de digerir. Al principio, el grupo se queda estupefacto ante la vista, que realmente no tiene rival en ninguna parte. Hay un dicho que dice que siempre hay un antes y un después para la gente que ha tenido el privilegio de visitar este lugar y me parece que tienen razón. Nada que haya conocido en este mundo se le parece.
Un sentimiento corre por el grupo en nuestro regreso al hotel: el clímax del viaje ha ocurrido ya y en breve, nuestra aventura juntos llegará a su fin. Sin embargo, los sentimientos, las vivencias y la experiencia de haber recorrido esta zona del mundo permanecerá viva en nuestros corazones para siempre. No puede ser de otra manera. El motociclismo hermana, los viajes ilustran y la convivencia enriquece. Nunca nos despedimos realmente. Alguna vez, algún día, recorreremos nuevos caminos en alguna otra parte del mundo, a bordo de nuestros caballos de acero.